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Culo veo... ¡culo quiero!

¡Gracias a todos! (y II)

¡Gracias a todos! (y II)

(continua de la entrada anterior)

 

Después de una hora abandonado en el pasillo de los cojones, te ponen un babi y unas botitas de papel, y te dejan pasar a una habitación dónde tu mujer descansa (supuestamente), enchufada a una máquina con luces de colores y numeritos digitales, que no para de soltar pitiditos de diversa frecuencia, intensidad y categoría.
Entonces es cuando la tortura se intensifica pues te das cuenta lo malo que es ser fumador cuando estás nervioso y te encuentras en un sitio dónde fumar está prohibido; y que una silla no-reclinable, sin brazos y con asiento de eskay no es el mejor sitio para esperar otras cuantas horas más.
Los ojos se nos cerraban a ambos por momentos, pero el jodido monitor tenía la puñetera costumbre de tomar escandalosa y puntualmente la tensión de mi esposa cada cinco minutos, de manera que, nos despertábamos sobresaltados.
Cada media hora pasaba la matrona (Patricia, un encanto de mujer), controlaba un poco el aparato (los monitores, mal pensados) y nos daba ánimos: ¡a esperar un poco más!

A eso de las cuatro de la mañana (no recuerdo exactamente la hora) me escaqueé a echar un pito y a recoger la lectura y los mp3, pero antes incluso de salir de maternidad, ya me estaba arrepintiendo. Se supone que me iba a echar unas caladas para tranquilizarme, pero no pude terminar el pitillo, cada chupada se me hizo eterna; y tanto al salir como al volver fuí descubriendo que el babi, los botines de papel y yo no hicimos buenas migas. Se supone que esos cacharros son de talla única, pero después de cinco minutos de interminable pelea mi pie del 42 acabó desgarrando ambos botines.
Pasaba de pelearme con ellos cada vez que abandonaba el paritorio para fumar medio pitillo mientras mi esposa podía dar a luz en cualquier momento.

Recuperada mi posición en la silla, descubrí que cuando te caes de sueño, el asiento de eskay es endiabladamente deslizante, y que si no te andas con cuidado, te escurres para cualquier lado de forma bastante cómica.
Eso está bien en éstas situaciones, porque unido al ruido del esfingomanómetro automático, así es imposible quedarte dormido y te mantienes alerta.
Aparte, por supuesto, de la importantísima labor que realizas al servir de diversión a tu sufrida esposa. Ella lo pasó muy mal, está claro que mucho peor que yo, pero aún se descojona recordando cómo me caía de la silla o cuando, sorpendido, agitaba pies y manos para mantenerme sobre el asiento.

Resulta patético, pero creo que fué lo mejor que hice en toda la noche.

Si, aunque otra cosa buena que creo que hice, fue llamar la atención del personal médico a las ocho y media de la mañana. Patricia atendió 6 partos esa noche, aparte del nuestro, y a las 7:45 nos comunicó que estábamos a punto, que en cuanto llegara el relevo a las ocho, nos tocaba.
En un principio pensé que se quitaba una primeriza de encima, pero luego descubrí que efectivamente tenía intención de atender nuestro parto: cuando nos entregaron la documentación correspondiente, estaba rellenada y firmada por ella misma. La tía sacó a seis criaturas en una noche, y además le dió tiempo a rellenar la documentación de una séptima...

Es una lástima que los que la relevaron estuvieran de lunes.
Esa media hora después de las ocho se nos hizo eterna. Ya comprendo a la perfección lo que cuentan de los últimos 140 metros de una maratón...
Lo peor de todo no fué la espera en sí, sino tener que oir a los médicos y enfermeras tomando café y contando (a grito pelao y carcajada limpia) sus anécdotas del fin de semana, sin haber reconocido previamente a las parturientas que se encontraban en la planta.
Llegado el momento que consideré oportuno, decidí acercarme a la habitación que el personal tiene dedicada a su descanso, y con los mejores modales que nuestra situación permitía, darles un pequeño toque de atención.
Se asustaron.
No era mi intención. Pero comprendo que el que te interrumpa un tipo despeinado, con cara de no haber dormido, una bata de papel descolocada y los botines reventados, pidiendo un poquito de atención, mientras cuentas tus correrías de fín de semana debe ser como mínimo, embarazoso (embarazoso, maternidad... ¡qué gracia tengo!).

De cualquier manera, sirvió para que pasaran a mi esposa al paritorio, y no influyó para nada la atención recibida... no obstante, a mí me echaron de allí. La criaturita venía de lado y tuvieron que aplicar técnicas que un padre que interrumpe al personal mientras toma café en horas de trabajo, es mejor que no contemplase.
Pero me mandaron al pasillo de la noche anterior, no os creáis. A mí si me echan, me echan bien. Me quedé con la oreja pegada a la puerta, desde dónde se podían oir perfectamente los gritos de mi mujer y (todo hay que decirlo), aunque no tuve la satisfacción de ver nacer a mi hija, tuve el dudoso placer de ver como sacan la placenta... con mi hija en brazos, eso sí.
No es lo mismo, ya lo sé. Pero todo salió "casi" a pedir de boca, y mis dos damitas salieron de ésta aventura perfectamente (estoy seguro que mi mujer no opina lo mismo).

Para compensar el mal trago que pasé durante toda la noche y (sobre todo) durante el parto, fuí espectador del momento más maravilloso que un padre puede contemplar (sé que suena cursi, pero es totalmente cierto): media hora después de nacer, dejé a mi niña en los brazos de su madre y, a los pocos segundos, se enganchó al pecho (¡por primera vez!) para mamar pausadamente.

Durante la noche anterior, para entretenernos, su madre escribió el SMS que en ese momento me dediqué a enviar a familiares y amigos. Después de ello, fuí a tomarme un par de cafés (me echaron otra vez), que tuve que degustar en la calle (leyes antitabaco de los coj...) y en ese momento es cuando empecé a darme cuenta de lo cansado que estaba. Mis rodillas apenas conseguían aguantarme en pié, pero los múltiples mensajes y llamadas que empecé a recibir me levantaron el ánimo. Y es que, después de una noche así, realmente se recibe con agrado cualquier mínimo apoyo, cualquier palabra de aliento... pasas de la soledad y la incertidumbre absoluta, a tener una sonrisa de gilipollas durante todo el día.

 

Nuevamente, ¡gracias a todos!

 

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